martes, 28 de julio de 2009

Caperucita de Colores

Abrí la puerta de su habitación para comprobar si se había dormido ya. Al verla con los ojos abiertos de par en par me acerqué.
-¿No te duermes, peque?
-Esque... ¡No tengo sueño!
-¿Quieres que te cuente un cuento para ver si te entra sueño?
-¡Si!- Dijo sonriendome. Con ese gesto dejó ver los huecos de los dientes delanteros, que ya le faltaban.
-Veamos... Te contaré el cuento de Caperucita.
-¿Qué? ¡No! ¡Ese ya me le se!
-Shh calla y escucha. Porque este no te lo sabes. Te voy a contar lo que pasó cuando caperucita se hizo mayor.
Me sonrió de nuevo desde la cama, me senté en la silla de su escritorio y empecé a contarselo.
-Había una vez una niña que vivía con su madre, el una cabaña en medio del bosque. Nadie sabía su nombre, pero todos la llamaban Caperucita Roja. Y la llamaban así porque siempre llevaba puesta una capa con una caperuza de ese color. Un buen día Caperucita Roja se hartó de ser Caperucita Roja. Asique rompió su hucha de cerdito y se fue a la tienda de telas del pueblo. Allí compró telas de seis colores y se las llevó a su Abuelita para que la cosiera seis caperuzas nuevas. Caperucita salió muy contenta de casa de su Abuela con sus seis nuevas prendas y la prometió que la recompensaría con un delicioso pastel de chocolate. Pero Caperucita no había contado con que a su madre no la gustaban sus innovadoras ideas. Las caperuzas de colores le parecieron algo horrendo y se las prohibió. La pobre niña estaba tan triste que decidió hacer algo, aunque estubiera mal. Se cambiaría de capa cada día al salir de casa. Así los dias fueron pasando y Caperucita se cambiaba su caperuza a escondidas. Tenía una para cada día de la semana. Los lunes, para empezar bien la semana, elegía siempre la naranja. Los martes, la amarilla. Los miercoles, la morada. Los jueves, la verde. Los viernes, la rosa. Los sabados, la azul y, finalmente, los domingos, se ponía la roja para que su madre no la regañara. Un buen dia, mientras se ponía su caperuza verde para salir, decidió ir a merendar junto al arroyo. Mientras estaba tranquilamente comiendose una rosquilla glaseada apareció un chico de entre los arbustos. Este chico era su vecino y vivía en la casa de las flores azules. Al verla sentada y vestida de verde, la sonrió. La pequeña Caperucita se quedó prendada de su sonrisa y a partir de ese momento, todos los días, merendaban juntos en el prado del arroyo. Cada dia Caperucita preparaba deliciosos manjares para dos y disfrutaban de la tarde en compañía del otro.
-¿Y... se daban besos?-Dijo riendose tímidamente.
-No. El Niño sin nombre comía a su lado. Y la decía que tenía una sonrisa preciosa. ¡Pero no me interrumpas!
-Vale, vale. Continua.
-Bueno. Todas las tardes merendaban juntos. Y cada vez Caperucita se esmeraba más en sus comidas. Cada día llevaba algo distinto. Un día Caperucita iba muy contenta a su encuentro diario con el Niño sin nombre. En su cesta llevaba una deliciosa tarta de queso con mermelada de frambuesa. Esperó y esperó. Pero el Niño sin nombre no volvió a aparecer.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿Se había muerto?
-No. Se había ido con una niña que, al parecer, abrazaba bien.
-Pues vaya...
-¡Shh!
-Vale sigue, sigue.
-Caperucita recogió sus cosas con lágrimas en los ojos y volvió a casa. Se pasó dos dias encerrada en su habitación. No quería comer. No quería hablar con nadie. Solo quería estar sola y llorar. El tercer día, cuando se dio cuenta de que no la quedaban más lágrimas decidió que todo lo que le estaba pasando no merecía la pena. Se volvió a vestir todos los dias con sus caperuzas de colores. Y lo que era más importante, volvió a lucir esa preciosa sonrisa que tanto le gustaba al Niño sin nombre. Sabía que en su vida habría muchisimos niños de sonrisas relucientes. Y a partir de ese momento nadie volvió a llamarla Caperucita roja. Ella era Caperucita de Colores y solo con ver su sonrisa, cualquiera la recocería.

-Pues vaya. Yo quería que se quedara con el Niño sin nombre.
-Creemé que a veces es muchisimo mejor así.
-No se yo...
Me reí distraidamente y la alboroté el pelo.
-Anda y ahora duermete, que ya es hora.
-Vale, buenas noches- Dijo sonriendome
-Buenas noches- Contesté desde la puerta.

1 comentarios:

Dara Scully dijo...

A mí la que me gusta es Caperucita amarillo submarino.



¡Miau!

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