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lunes, 25 de octubre de 2010
Comida campestre.
Arquimedes es un liante. ¡Fijate tu, que ahora dice que van a celebrar una cena “en familia”! ¿Desde cuando se supone que cenan todos juntos? El pobre Pierre, el cerdo bellotero, es el encargado de poner la mesa. ¡Y las está pasando canutas para llevar los platos de un lado a otro! Metetié, el pollo amarillo, tiene una tarea fácil, poner el mantel. Pero aun así, mira que se lia con todo ¿eh? Se ha caido tres veces enredandose las patas con esa tela de cuadritos rojos y blancos. Arquimides observa la colocación de todo esto desde su palo, mientras espanta a uno que otro cuervo apestoso. La oveja Marie se ha artado de todo y está a la que salta. Intenta convencer a Pierre de que hagan una revolución y se lleven todo el cultivo de maíz tomate. Como lo hagan, Arquimedes se llevará un buen disgusto, pero claro, ¡él nunca jamás hace nada de nada!
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Incoherencias,
Mis cuentos de hadas
jueves, 15 de julio de 2010
Il était une fois.
Había una vez una princesa encantadora, de pelito corto y oscuro, piel morena y sonrisa deslumbrante. Esta princesa se llamaba Irina. La princesa Irina vivia con toda su corte en un gran castillo junto al mar. Un día decidió ir a visitar otras tierras. Cogió todas sus cosas y viajó a Francia con su séquito. La llegada de la princesa probocó que el pequeño pueblo de Francia en el que habitaría se llenara de colores, música y fiesta. Todo el mundo disfrutó con la celebración de su llegada. Comieron y bebieron hasta altas horas de la noche. La princesa Irina fue conociendo a los habitantes del pueblo y le llamó especialmente la atención uno de ellos: El principe Rodrigo. Éste, era sin duda el más curioso de todos ellos. Tenía una sonrisa bonita. Siempre revoloteaba a su alrededor haciendo bromas y contando chistes. Los días iban pasando y la princesa Irina y el principe Rodrigo se hicieron inseparables. Todas las mañanas daban largos paseos por la cuidad y todas las noches leian el mismo cuento, Peter Pan. Pero pronto llegó el día de la despedida. La princesa Irina estaba realmente triste. El principe Rodrigo no apareció en todo él día. Cuando ya era de noche y la princesa estaba montada en su coche de caballos para partir, de entre la maleza salió el principe Rodrigo montado en su precioso caballo con unas flores en la mano. Se acercó al carruaje de la princesa y ésta se asomó por la ventana. Le dió su ramo de flores y la agarró de la mano. Se inclinó y la dió un suave beso en la mejilla. La princesa Irina sacó de su bolsillo un pequeño pergamino doblado y se lo dió, murmurando muy bajito en su oido: "Je t'aime". El coche de caballos partió y el principe Rodrigo se quedó solo, bajo la luz de la luna.
Cuando el rastro de polvo producido por los caballos se hubo esfumado del todo, el principe Rodrigo desenrolló el pergamino. Escrito con una letra fina y clara ponía lo siguiente:
"Siempre que necesites estar conmigo, podremos vernos en nuestro pais de Nunca Jamás. Ve hasta segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer."
Cuando el rastro de polvo producido por los caballos se hubo esfumado del todo, el principe Rodrigo desenrolló el pergamino. Escrito con una letra fina y clara ponía lo siguiente:
"Siempre que necesites estar conmigo, podremos vernos en nuestro pais de Nunca Jamás. Ve hasta segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer."
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Mis cuentos de hadas
sábado, 19 de junio de 2010
Hope.
Había una vez un chico, guapo, listo y fuerte. Este chico se llamaba Prometeo. Prometeo tenía un hermano, Epimeteo, que también era guapo, listo y fuerte. Prometeo nos contó a nosotros, los humanos, un secreto que los Dioses habían guardado durante mucho tiempo. Éstos, al enterarse de que todo él mundo conocía la formula para crear fuego, decidieron castigarle, y lo hicieron por medio de su hermano. Zeus mandó crear una chica preciosa. En este trabajo participaron todos los Dioses del Olimpo, cada uno dandole una virtud y un defecto.La llamaron Pandora. Cuando estuvo terminada se la entregaron a Epimeteo como regalo, junto con una caja tallada. Le dijeron que cuidara de Pandora y de la caja, pero que no podía abrir nunca jamás, o algo muy malo sucedería. Una mañana Epimeteo tuvo que salir de casa. Antes de irse le dijo a Pandora: "No toques la caja. No la abras bajo ninguna circunstancia. Volveré enseguida." En un principio, Pandora, intentó alejarse de la habitación, pero, dado que uno de sus defectos era el de la curiosidad, no pudo aguantar la tentación. Agarró la caja con ambas manos y la abrió. En ese momento, todos los males del mundo fueron liberados. Pandora al darse cuenta del error que habia cometido cerró la caja rápidamente, dejando en su interior solo la esperanza.
Por eso decimos que la esperanza es lo último que se pierde.
Por eso decimos que la esperanza es lo último que se pierde.
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Mis cuentos de hadas
martes, 28 de julio de 2009
Caperucita de Colores
Abrí la puerta de su habitación para comprobar si se había dormido ya. Al verla con los ojos abiertos de par en par me acerqué.
-¿No te duermes, peque?
-Esque... ¡No tengo sueño!
-¿Quieres que te cuente un cuento para ver si te entra sueño?
-¡Si!- Dijo sonriendome. Con ese gesto dejó ver los huecos de los dientes delanteros, que ya le faltaban.
-Veamos... Te contaré el cuento de Caperucita.
-¿Qué? ¡No! ¡Ese ya me le se!
-Shh calla y escucha. Porque este no te lo sabes. Te voy a contar lo que pasó cuando caperucita se hizo mayor.
Me sonrió de nuevo desde la cama, me senté en la silla de su escritorio y empecé a contarselo.
-Había una vez una niña que vivía con su madre, el una cabaña en medio del bosque. Nadie sabía su nombre, pero todos la llamaban Caperucita Roja. Y la llamaban así porque siempre llevaba puesta una capa con una caperuza de ese color. Un buen día Caperucita Roja se hartó de ser Caperucita Roja. Asique rompió su hucha de cerdito y se fue a la tienda de telas del pueblo. Allí compró telas de seis colores y se las llevó a su Abuelita para que la cosiera seis caperuzas nuevas. Caperucita salió muy contenta de casa de su Abuela con sus seis nuevas prendas y la prometió que la recompensaría con un delicioso pastel de chocolate. Pero Caperucita no había contado con que a su madre no la gustaban sus innovadoras ideas. Las caperuzas de colores le parecieron algo horrendo y se las prohibió. La pobre niña estaba tan triste que decidió hacer algo, aunque estubiera mal. Se cambiaría de capa cada día al salir de casa. Así los dias fueron pasando y Caperucita se cambiaba su caperuza a escondidas. Tenía una para cada día de la semana. Los lunes, para empezar bien la semana, elegía siempre la naranja. Los martes, la amarilla. Los miercoles, la morada. Los jueves, la verde. Los viernes, la rosa. Los sabados, la azul y, finalmente, los domingos, se ponía la roja para que su madre no la regañara. Un buen dia, mientras se ponía su caperuza verde para salir, decidió ir a merendar junto al arroyo. Mientras estaba tranquilamente comiendose una rosquilla glaseada apareció un chico de entre los arbustos. Este chico era su vecino y vivía en la casa de las flores azules. Al verla sentada y vestida de verde, la sonrió. La pequeña Caperucita se quedó prendada de su sonrisa y a partir de ese momento, todos los días, merendaban juntos en el prado del arroyo. Cada dia Caperucita preparaba deliciosos manjares para dos y disfrutaban de la tarde en compañía del otro.
-¿Y... se daban besos?-Dijo riendose tímidamente.
-No. El Niño sin nombre comía a su lado. Y la decía que tenía una sonrisa preciosa. ¡Pero no me interrumpas!
-Vale, vale. Continua.
-Bueno. Todas las tardes merendaban juntos. Y cada vez Caperucita se esmeraba más en sus comidas. Cada día llevaba algo distinto. Un día Caperucita iba muy contenta a su encuentro diario con el Niño sin nombre. En su cesta llevaba una deliciosa tarta de queso con mermelada de frambuesa. Esperó y esperó. Pero el Niño sin nombre no volvió a aparecer.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿Se había muerto?
-No. Se había ido con una niña que, al parecer, abrazaba bien.
-Pues vaya...
-¡Shh!
-Vale sigue, sigue.
-Caperucita recogió sus cosas con lágrimas en los ojos y volvió a casa. Se pasó dos dias encerrada en su habitación. No quería comer. No quería hablar con nadie. Solo quería estar sola y llorar. El tercer día, cuando se dio cuenta de que no la quedaban más lágrimas decidió que todo lo que le estaba pasando no merecía la pena. Se volvió a vestir todos los dias con sus caperuzas de colores. Y lo que era más importante, volvió a lucir esa preciosa sonrisa que tanto le gustaba al Niño sin nombre. Sabía que en su vida habría muchisimos niños de sonrisas relucientes. Y a partir de ese momento nadie volvió a llamarla Caperucita roja. Ella era Caperucita de Colores y solo con ver su sonrisa, cualquiera la recocería.
-Pues vaya. Yo quería que se quedara con el Niño sin nombre.
-Creemé que a veces es muchisimo mejor así.
-No se yo...
Me reí distraidamente y la alboroté el pelo.
-Anda y ahora duermete, que ya es hora.
-Vale, buenas noches- Dijo sonriendome
-Buenas noches- Contesté desde la puerta.
-¿No te duermes, peque?
-Esque... ¡No tengo sueño!
-¿Quieres que te cuente un cuento para ver si te entra sueño?
-¡Si!- Dijo sonriendome. Con ese gesto dejó ver los huecos de los dientes delanteros, que ya le faltaban.
-Veamos... Te contaré el cuento de Caperucita.
-¿Qué? ¡No! ¡Ese ya me le se!
-Shh calla y escucha. Porque este no te lo sabes. Te voy a contar lo que pasó cuando caperucita se hizo mayor.
Me sonrió de nuevo desde la cama, me senté en la silla de su escritorio y empecé a contarselo.
-Había una vez una niña que vivía con su madre, el una cabaña en medio del bosque. Nadie sabía su nombre, pero todos la llamaban Caperucita Roja. Y la llamaban así porque siempre llevaba puesta una capa con una caperuza de ese color. Un buen día Caperucita Roja se hartó de ser Caperucita Roja. Asique rompió su hucha de cerdito y se fue a la tienda de telas del pueblo. Allí compró telas de seis colores y se las llevó a su Abuelita para que la cosiera seis caperuzas nuevas. Caperucita salió muy contenta de casa de su Abuela con sus seis nuevas prendas y la prometió que la recompensaría con un delicioso pastel de chocolate. Pero Caperucita no había contado con que a su madre no la gustaban sus innovadoras ideas. Las caperuzas de colores le parecieron algo horrendo y se las prohibió. La pobre niña estaba tan triste que decidió hacer algo, aunque estubiera mal. Se cambiaría de capa cada día al salir de casa. Así los dias fueron pasando y Caperucita se cambiaba su caperuza a escondidas. Tenía una para cada día de la semana. Los lunes, para empezar bien la semana, elegía siempre la naranja. Los martes, la amarilla. Los miercoles, la morada. Los jueves, la verde. Los viernes, la rosa. Los sabados, la azul y, finalmente, los domingos, se ponía la roja para que su madre no la regañara. Un buen dia, mientras se ponía su caperuza verde para salir, decidió ir a merendar junto al arroyo. Mientras estaba tranquilamente comiendose una rosquilla glaseada apareció un chico de entre los arbustos. Este chico era su vecino y vivía en la casa de las flores azules. Al verla sentada y vestida de verde, la sonrió. La pequeña Caperucita se quedó prendada de su sonrisa y a partir de ese momento, todos los días, merendaban juntos en el prado del arroyo. Cada dia Caperucita preparaba deliciosos manjares para dos y disfrutaban de la tarde en compañía del otro.
-¿Y... se daban besos?-Dijo riendose tímidamente.
-No. El Niño sin nombre comía a su lado. Y la decía que tenía una sonrisa preciosa. ¡Pero no me interrumpas!
-Vale, vale. Continua.
-Bueno. Todas las tardes merendaban juntos. Y cada vez Caperucita se esmeraba más en sus comidas. Cada día llevaba algo distinto. Un día Caperucita iba muy contenta a su encuentro diario con el Niño sin nombre. En su cesta llevaba una deliciosa tarta de queso con mermelada de frambuesa. Esperó y esperó. Pero el Niño sin nombre no volvió a aparecer.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿Se había muerto?
-No. Se había ido con una niña que, al parecer, abrazaba bien.
-Pues vaya...
-¡Shh!
-Vale sigue, sigue.
-Caperucita recogió sus cosas con lágrimas en los ojos y volvió a casa. Se pasó dos dias encerrada en su habitación. No quería comer. No quería hablar con nadie. Solo quería estar sola y llorar. El tercer día, cuando se dio cuenta de que no la quedaban más lágrimas decidió que todo lo que le estaba pasando no merecía la pena. Se volvió a vestir todos los dias con sus caperuzas de colores. Y lo que era más importante, volvió a lucir esa preciosa sonrisa que tanto le gustaba al Niño sin nombre. Sabía que en su vida habría muchisimos niños de sonrisas relucientes. Y a partir de ese momento nadie volvió a llamarla Caperucita roja. Ella era Caperucita de Colores y solo con ver su sonrisa, cualquiera la recocería.
-Pues vaya. Yo quería que se quedara con el Niño sin nombre.
-Creemé que a veces es muchisimo mejor así.
-No se yo...
Me reí distraidamente y la alboroté el pelo.
-Anda y ahora duermete, que ya es hora.
-Vale, buenas noches- Dijo sonriendome
-Buenas noches- Contesté desde la puerta.
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