Los espectadores van llenando poco a poco la sala. “Por favor, desconecten sus teléfonos móviles y vayan ocupando sus asientos, la función comenzará enseguida”. Se hace un silencio sepulcral… Se abre el telón y se encienden los focos. La figura de un mimo puede distinguirse entre las sombras.
-Buenas noches, damas y caballeros. Puedo suponer que estarán aquí para ver algún tipo de monólogo desternillante o una obra teatral que pueda evadirles por un momento de nuestra cruda realidad. Pero déjenme que les defraude por hoy y sobre todo, presten mucha, muchísima atención a la historia que voy a contarles. ¿Conocen África? Un lugar realmente bonito, la verdad. Cuando era joven pase un verano entero allí, yendo de pueblo en pueblo con un solo cometido: conseguir sacarles una sonrisa a unos niños, que pudiera hacer su vida algo menos miserable. En una de las aldeas conocí a Motcho, una chica de no más de doce años con la responsabilidad y madurez de un adulto. Tenía un brillo de ambición en la mirada que nunca dejó de sorprenderme. Ambición por aprender cosas nuevas y poder llegar a ser algo más en la vida. Ambición por conocer lo que no podía ver desde su casa y por salir de su aldea. Se puede decir que yo, con mis diecisiete años recién cumplidos me enamoré del espíritu de esa niña y es que, dándole clases a ella, era yo quien aprendía más de los dos. Le tenía verdadera admiración. Pasábamos juntos horas enteras, leyendo libros, contándonos historias o simplemente, trabajando en silencio. La pobreza y decadencia de la zona en la que vivía solía entristecerme bastante, pero a su lado todo parecía un poco menos malo, distinto, ajeno a la realidad que nos rodeaba. Motcho solía contarme anécdotas de su día a día en el colegio, cuando el trabajo no le impedía ir. Me hablaba de sus compañeros, de sus profesores y de todas las cosas nuevas que aprendía. Siempre hablaba de una amiga suya, que vivía con una familia acomodada, dentro de las posibilidades del país, claro está. Cuando Motcho pasaba hambre siempre me decía: “Ninette come pollo dos veces a la semana. Yo nunca he probado el pollo.” Verla pasar hambre, soledad o tristeza hacia que se me encogiera el corazón. Tres días antes de mí partida de la aldea empecé a preguntarme qué iba a pasar después. Tenía que volver a España, pero algo esencial me retenía: Motcho. Tampoco tuve mucho tiempo más para dudar. Una mañana mientras íbamos a por agua nos encontramos con una disputa entre dos hombres. Algunos más se habían sumado a la discusión defendiendo a una u otra parte. Todo pasó muy rápido. Se empezaron a repartir palos. Yo intenté prevenir a Motcho, pero era demasiado tarde. Estaba en medio de la pelea. Un hombre la empujó sin querer. Motcho cayó al suelo dándose con una piedra en la cabeza. De repente todo quedó en silencio para mí. Me acerqué a su cuerpo inerte y la cogí. Chorreaba sangre. Me desmayé. Lo primero que vi después del incidente fue una sala bien iluminada. Estaba en mi habitación. Me contaron que Motcho había muerto por un traumatismo craneoencefálico grave, y que la habían diagnosticado el virus del VIH. Muy probablemente la habían violado no hacía mucho. No podían hacer nada ya por ella. Salí a la calle sin saber bien para qué. Fui a su cabaña. Su madre lloraba desconsoladamente tendida en el suelo. Iba a acercarme a ella, pero no me atreví. Me di la vuelta y huí como un cobarde. Corrí hasta el único teléfono de la aldea e hice una llamada. Lo único en lo que podía pensar era en ese momento era en ella… Colgué y me volví a mí cabaña, a hacer la maleta. Los días que quedaban hasta mi partida los pasé tumbado en la cama, sin apenas comer ni beber. Solo mi último día salí a la calle para despedirme. Me encontré por el camino a los amigos y conocidos. De repente, noté como alguien me tiraba de la camisa. Me di la vuelta y ahí la vi. Era Salomé, la hermana pequeña de Motcho, su viva imagen. Me sonrió y dijo: “¡Álvaro, Álvaro! ¿Sabes qué? Mamá ha dicho que podremos poner flores bonitas para Motcho. ¡Y además vamos a comer pollo!” Se me llenaron los ojos de lagrimas y la abracé. Al menos los pocos ahorros que tenía en el banco habían servido para algo.- Hay un silencio sepulcral en la sala, se oyen algunos sollozos.- Lo siento, de verdad. Siento haberles amargado la noche, pero esta es la realidad del mundo. Mientras en este planeta haya un niño que sufre, seguirá siendo algo incompleto, imperfecto. Un granito de arena, es lo que puse yo. Pero que les voy a decir a ustedes, no soy más que un pobre mimo. Aunque bien es verdad, que granito a granito se hace una montaña. Ahora es su turno para hacer las cosas bien, o simplemente seguir como están. Yo solo he abierto una puerta, y es decisión suya entrar por ella o no. Muchas gracias a todos.
Nuestro protagonista hace una reverencia. El teatro estalla en aplausos. Se cierra el telón y se apagan los focos.
PD: Perdonad la ñoñería, es un texto que presenté para un concurso del colegio, con tema propuesto :)
martes, 18 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
El dinero en la bolsa, muñeca.
Sonrió maliciosamente mirando a ninguna parte y se echó el pelo hacia atrás. Se giró rápidamente, agarró la pistola y disparó. Dejó el cuerpo en el suelo, cogió las joyas y se marchó sin prisas. La alarma empezó a sonar de fondo. Ella volvió a sonreir. Empezó a correr, saltó la tapia y se escondió detrás de unos arbustos justo en el momento exacto para que no la viera el coche patrulla de la policia que corría en auxilio de la victima. Sacó las llaves de su moto de la chupa de cuero, cruzó la calle y se subió en ella. Recorrió las carreteras a toda velocidad mientras el viento su agitaba la melena oscura. Llegó a casa, allí estaba él, esperandola sentado en el sofá, cerveza en mano. Al verla entrar se puso de pie y recorrió en grandes zancadas los tres pasos que les separaban. Ella le enseñó la bolsa con el botín. Se sonrieron. La agarró de la cintura acercandola mucho a el. La retiró el pelo y la beso apasionadamente. Le desabrochó la chaqueta de cuero y se separó unos milimetros de ella para contemplar su cuerpo. La cogió en volandas y la llevó a la cama. Se desnudaron y follaron brutalmente. Ella cayó exausta en el lado izquierdo. Alargó la mano hacia la mesilla y agarró su pistola del cajón. Se puso de pie, tapandose el cuerpo desnudo con la sabana blanca apuntó a su cabeza. Le guiñó un ojo. Bam. Se vistió, cogió las joyas y el dinero y salió por la puerta.
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Montañas de historias sin nombre.
¿El amor es una reacción química?
Una pareja está sentada en la terraza de un bar, situado en la esquina de una calle. Están discutiendo, la chica se enfada se levanta y se marcha. Cuando llega al final de la calle se arrepiente y vuelve hacia la mesa, con una aceleración constante de 0,5 metros por segundo al cuadrado. En ese instante, su novio se pone de pie y corre hacia ella con una velocidad inicial de 4 kilómetros por hora. Si la calle mide 100 metros, ¿Cuánto tardarán en fundirse en un abrazo? ¿En qué punto de la calle se besarán?
No, si... al final va a ser verdad y todo se basa en la ciencia.
No, si... al final va a ser verdad y todo se basa en la ciencia.
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Incoherencias
jueves, 29 de abril de 2010
Ahora si que si.
Hace diecisiete años que, a eso de las tres de la tarde (tardía pero segura), nací yo, una enana de unos tres kilos y ojos azules. Ahora, tanto tiempo después me paro a pensar y me doy cuenta de que mi vida ha sido alucinante. Que aunque haya habido momento malos (porque tiene que haberlos) los buenos hacen que la balanza vaya a su favor, con creces. Los dieciseis han sido alucinantes. Los quince estuvieron bien, el primer amor, el primer beso... pero los dieciseis fueron, como decirlo... especiales. Durante este último año he conocido a muchos tipos de gente, unos buenos, otros mejores (otros odiosos, todo hay que decirlo), pero todos han ocupado una pequeña parte de esos trescientossesentaicinco dias y deben saber que nunca les olvidaré, pase lo que pase. Hay, por supuesto, personas que han marcado muchísimo más este último año y que aún hacen estragos.
Echando la vista atrás he llegado a este punto y me he dado cuenta de que estoy en la edad perfecta. Los diecisiete son especiales porque es el ultimo año que tienes antes de que empiecen a cargarte sobre los hombros las responsabilidades de la "mayoria de edad". Por eso he decidido que ya, hasta aquí. No quiero crecer más. Me quedaré para siempre con los diecisiete y así nada ni nadie me podrá molestar en mi adolescencia continua.
Es bonito, pero irreal, asique ha tirar para delante y a ser feliz ¿no?
Espero que, si los dieciseis han sido excelentes, los diecisiete sean brutales.
Echando la vista atrás he llegado a este punto y me he dado cuenta de que estoy en la edad perfecta. Los diecisiete son especiales porque es el ultimo año que tienes antes de que empiecen a cargarte sobre los hombros las responsabilidades de la "mayoria de edad". Por eso he decidido que ya, hasta aquí. No quiero crecer más. Me quedaré para siempre con los diecisiete y así nada ni nadie me podrá molestar en mi adolescencia continua.
Es bonito, pero irreal, asique ha tirar para delante y a ser feliz ¿no?
Espero que, si los dieciseis han sido excelentes, los diecisiete sean brutales.
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Noches de vueltas sobre la almohada
domingo, 25 de abril de 2010
Ya son casi diecisiete.
Lleva tres días que no hace más que coser y descoser.
Pero, ¿sabeis qué? Le gusta lucir esa sonrisa.

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Incoherencias
domingo, 18 de abril de 2010
Busca un diente de leon y pide un deseo
Meticulosamente perfecta, de una sonrisa abrumadora, se alzaba frente a él con su melena brillando al sol. Se enredaba el pelo entre los dedos en un intento de permanercer distraida del mundo que la rodeaba. Sonreía con cualquier cosa minuscula, una pequeña mariposa voló alrededor de una flor y la hizo deslumbrantemente bella. Con los pies descalzos y el vestido movido por el viento, se sentó en la hierva. "Buh", dijo casi en un susurro. Se levantó de nuevo y fue a la salida del jardín. Pegó una patada a una pelota, se acercó al borde del porche al que acababa de entrar y se calzó sus sandalias. Un niño pasó en bici, casi atropellandole los pies y le sacó la lengua intentando ocultar una sonrisa. Entonces, como por arte de magía, bajó la cabeza y vió un pequeño diente de león. Lo cogió con delicadeza, por miedo a que se esfumara y sopló con fuerza pidiendo un deseo. El mismo deseo de siempre.
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Incoherencias
viernes, 9 de abril de 2010
Nuestra historia.
Sinceramente, mi historia no es especialmente maravillosa ni espectacular. Él, por supuesto, es un chico muy especial, al que en esta ocasión llamaré Jota.
Todo empezó en la fiesta de fin de curso de mi colegio, hace dos años. Yo estaba pasandomelo en grande, con mis dos mejores amigas cuando vi a un chico que conocia ni de vista. Resultó ser antiguo compañero de Mar, una de las chicas que estaban conmigo y me lo presentó de pasada. No es que le prestara demasiada atención, pero me sorprendió que estaba con los más raros del colegio. Un rato después, estos chicos subieron al escenario y vi como Jota se quedaba abajo viendo su actuación. La cosa nos hizo tanta gracia que decidimos hacer algunas fotos de ese mítico momento. Quizás nos pasamos un poco pero la retocamos y la subimos de forma humillante. Cuando ellos lo vieron empezaron a decir que iban a vengarse de nosotras y que eramos unas personas horribles. Fue entonces, cuando vi un comentario de Jota en el que les decía: "La venganza no es nada bueno". Gracias a ese bendito comentario conseguí tener contacto con él. Empezamos a hablar y a tontear, ambos teniamos las hormonas por las nubes y muchas ganas del otro, pero finalmente todo pasó despacio y de una forma muy bonita. Se pasaba el día diciendome lo mucho que le gustaba mi sonrisa, mi forma de ser, las cosas que le decía y yo me enamoré de él perdidamente. La primera cita fue realmente especial, aunque no hicimos nada nuevo. Pasamos toda la tarde sentados en un banco y muy juntos, porque hacía frio. Cuando ibamos a despedirnos yo pensé que iba a besarme, pero no lo hizo, me dio un abrazo y un beso en la mejilla y yo quedé tan contenta. Fue en la tercera cita, por fin, cuando nos dimos el primer beso, muchos meses después de que empezaramos a hablar. Pasamos tres meses estupendos juntos, pero tuvimos una discusión y acabamos con la relación. Pasaron cuatro meses de incertidumbre, dudas y miedos, pero sobre todo de mucha añoranza hacia el otro. Hablé con el y le expliqué que no podía seguir así, por lo que el día veintidós de septiembre decidiriamos que hacer, si retomar la relación, o intentar seguir solo como amigos. Cual fue mi sorpresa, cuando alguién llamó a la puerta de mi casa el día Veintidós. Era él y me pidió que bajara. Yo obedecí, pero cuando llegué a mi portal, no había nadie. Empecé a dar vueltas y vueltas, hasta que encontré el diario que yo solia escribirle con un muñeco que le regalé, puesto en una esquina. Entonces, no sabía que hacer, y no se porqué, se me ocurrió mirar en el diario. Había escritas un par de páginas al final, escritas por Jota. Deboré las palabras que quería decirme hasta llegar al final, en el que me decía que girara la esquina, que allí iba a estar él y que le besara, solo un beso y todo en silencio, para guardar la magia del momento. Efectivamente, ahí estaba esperandome, me abrazó y me dijo que me queria. Al poco tiempo después, tuvimos que separarnos, muy a nuestro pesar.
Desde ese día hemos compartido siete maravillosos meses, los cuales no cambiaría por nada en el mundo.
Por eso, mi historia no es especial ni maravillosa, como dije al principio, pero si que es mi historia y lo que es más importante, NUESTRA historia.
Todo empezó en la fiesta de fin de curso de mi colegio, hace dos años. Yo estaba pasandomelo en grande, con mis dos mejores amigas cuando vi a un chico que conocia ni de vista. Resultó ser antiguo compañero de Mar, una de las chicas que estaban conmigo y me lo presentó de pasada. No es que le prestara demasiada atención, pero me sorprendió que estaba con los más raros del colegio. Un rato después, estos chicos subieron al escenario y vi como Jota se quedaba abajo viendo su actuación. La cosa nos hizo tanta gracia que decidimos hacer algunas fotos de ese mítico momento. Quizás nos pasamos un poco pero la retocamos y la subimos de forma humillante. Cuando ellos lo vieron empezaron a decir que iban a vengarse de nosotras y que eramos unas personas horribles. Fue entonces, cuando vi un comentario de Jota en el que les decía: "La venganza no es nada bueno". Gracias a ese bendito comentario conseguí tener contacto con él. Empezamos a hablar y a tontear, ambos teniamos las hormonas por las nubes y muchas ganas del otro, pero finalmente todo pasó despacio y de una forma muy bonita. Se pasaba el día diciendome lo mucho que le gustaba mi sonrisa, mi forma de ser, las cosas que le decía y yo me enamoré de él perdidamente. La primera cita fue realmente especial, aunque no hicimos nada nuevo. Pasamos toda la tarde sentados en un banco y muy juntos, porque hacía frio. Cuando ibamos a despedirnos yo pensé que iba a besarme, pero no lo hizo, me dio un abrazo y un beso en la mejilla y yo quedé tan contenta. Fue en la tercera cita, por fin, cuando nos dimos el primer beso, muchos meses después de que empezaramos a hablar. Pasamos tres meses estupendos juntos, pero tuvimos una discusión y acabamos con la relación. Pasaron cuatro meses de incertidumbre, dudas y miedos, pero sobre todo de mucha añoranza hacia el otro. Hablé con el y le expliqué que no podía seguir así, por lo que el día veintidós de septiembre decidiriamos que hacer, si retomar la relación, o intentar seguir solo como amigos. Cual fue mi sorpresa, cuando alguién llamó a la puerta de mi casa el día Veintidós. Era él y me pidió que bajara. Yo obedecí, pero cuando llegué a mi portal, no había nadie. Empecé a dar vueltas y vueltas, hasta que encontré el diario que yo solia escribirle con un muñeco que le regalé, puesto en una esquina. Entonces, no sabía que hacer, y no se porqué, se me ocurrió mirar en el diario. Había escritas un par de páginas al final, escritas por Jota. Deboré las palabras que quería decirme hasta llegar al final, en el que me decía que girara la esquina, que allí iba a estar él y que le besara, solo un beso y todo en silencio, para guardar la magia del momento. Efectivamente, ahí estaba esperandome, me abrazó y me dijo que me queria. Al poco tiempo después, tuvimos que separarnos, muy a nuestro pesar.
Desde ese día hemos compartido siete maravillosos meses, los cuales no cambiaría por nada en el mundo.
Por eso, mi historia no es especial ni maravillosa, como dije al principio, pero si que es mi historia y lo que es más importante, NUESTRA historia.
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