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jueves, 20 de enero de 2011

¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?

-¿Y qué era?
-Sus pecas.
-¿Sus pecas?
-Si. Sus pecas y su melena rubia.
-¿Eso que ha hacía tan especial?
-Efectivamente. Cuando la conocí tenía el pelo corto. Y se peinaba a lo garçon.
-¿Dónde la conociste?
-En Paris, la primavera pasada. Yo iba a coger el último tren en la Gare de Austerlitz y apareció derrepente.
-¿Francesa?
-Madrileña. Es más, enamorada de Madrid.
-Vaya. Y, ¿qué pasó?
-Quiso enseñarme a besar.
-¿En serio?
-Eso decía ella- contestó soltando una carcajada.
-Y, ¿entonces?
-Dicen que fui yo el primero en olvidar. Pero ahora...
-¿Ahora?
-Ahora la necesito.
-Te has dado cuenta tarde, ¿verdad?
-Era perfecta. Perfecta queda corto. La echo de menos. Sus labios, sus caricias. Ella.
-¿Y qué piensas hacer?
-Nada, supongo. Acabé por entender que no debemos tratar de volver al lugar en el que fuimos felices.
-¿Por qué?
-No se puede vivir la misma felicidad dos veces seguidas.
-¿Llegaste a vivirla?
-No.
-Y, ¿por qué fue?
-Cobardía supongo.
-Sal ahora mismo de esta habitación, coge el primer tren a Madrid y dile a la cara que no puedes vivir sin ella.

lunes, 13 de diciembre de 2010

All I want for Christmas is you.

Ella adora su cuidad en Navidad y él lo sabe. Por eso ha decidido llevarla al centro, a ese mercadillo que tanto le gusta. Las luces casi consiguen cegarles al salir del metro. Ella se pone su gorrito nada más notar el viento en la cara. Odia el frio. Pero en cambio él le encanta. No se dan la mano, ya no. Antes si lo habrían hecho, pero ya no. Las cosas han cambiado, ¿verdad? Sin decirse nada caminan uno al lado del otro bajando la Gran Via a pasos pequeños, como si quisieran que esa tarde no acabara nunca. Se sonrien, cuentan tonterias, bromas. Ella le pega en el hombro por un comentario tonto que ha hecho, pero aun así no puede evitar soltar una pequeña risita. Siguen descendiendo la calle, sin parar de sonreir. Se paran en un semáforo en rojo. Cara a cara, mirandose a los ojos siguen hablando. Cada vez están más cerca. Un inoportuno pitido les dice que deben continuar su camino. Llegan hasta esa plaza siempre tan concurrida y se acercan a ver que tienen los puestecillos. Uno por uno, los pequeños ojos de ella van analizando cada rincon de los mostradores. Encuentran uno con cosas que de las que le gustan a él, todas de ese color. Se rien pensando como estaría ella con esa ropa. Muy graciosa seguro. Encuentran otro, lleno de gorros. Gorros de todos los tipos, formas y colores. Empiezan a probarselos, a ver quien gana poniendo la cara más divertida delante del espejo y como suponian, ha ganado él. Ella estalla a reir mientras se inclina a por uno de color verde azulado. Él se inclina a su lado. Sus mejillas están muy cerca, se rozan. Demasiado cerca. Se vuelven a separar, para disgusto de ambos. Cuando no les quedan más puestecillos que ver se sientan tranquilamente en un banco. Siguen hablando, de todo y de nada. Ella se sonroja y baja la mirada a cada cumplido que dice él, maquillado entre indirectas. Desgraciadamente llega la hora de irse a casa. Vuelven a subir la calle, disfrutando de cada segundo. Otro semáforo. Ella ya no aguanta más, se acerca a él. Mucho, muchísimo. Él la recuerda lo dificil que es para ambos estar así de cerca. Le besa. Un beso suave en los labios. Él se lo devuelve, aumentadolo. Se separan, ella le mira a los ojos y sonrie. Vuelve a la carga. El semáforo ya está en verde, pero les da igual. Se quieren, para que mentir. Para que, incluso mentirse a si mismo. Él la quiere. Mucho. La abraza, la besa. Como la ha echado de menos. Para ella la palabra querer se queda corta. Siguen besandose hasta que se dan cuenta de que el mundo sigue a su alrededor. El la coge de la mano y llegan al metro.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Curse my name.

El pequeño payaso pierrot se arrodilló junto a la señora, dejandose caer sin mirarla a los ojos.
-No he podido encontrar nada más, -dijo temeroso y atragantandose con sus palabras.- Lo siento muchisimo, mi señora.
Ella se rió entre dientes Chasqueó los dedos y un criado con cara de indiferencia le tendió una bandeja de plata con un brillante cuchillo. La cogió y miró como la tenue luz de las antorchas relucía sobre su filo.
-Vaya... ¡una pena!- contestó secamente, empuñando el cuchillo.
El niño miró temereso como sujetaba el arma que iba a quitarle la vida. Cuando la señora atravesó limpiamente su estómago, abrió mucho los ojos y un pequeño hilo de sangre se resvaló por la comisura de sus labios. El cuerpo inerte cayó al suelo. La majestuosa mujer sonrió para si, volvió a dejar el cuchillo en la bandeja y pidió entre dientes que se llevaran el desecho que había caido a sus pies. Se sentó en su silla de terciopelo rojo y se mordió el labio. Hizo pasar al siguiente. Se le estaba resistiendo y no podía ser así. Un encapuchado entró en la estancia. Solo podía apreciarse la capa de terciopelo negro que le cubría de la cabeza a los pies, pero por sus movimientos y sus manos, pudo preever que se trataba de una mujer joven. Se quitó la capucha. Sus facciones aniñadas quedaron a la vista. Llevaba todo el pelo rubio ceniza recoido en un pulcro moño alto. Una delicada sonrisa se entrevió en ese rostro que parecía no haber roto un plato. Sus carrillos sonrosados y una nariz pequeña completaban el rostro perfecto. Entre las manos llevaba un cofre de madera tallada con motivos vegetales. Se inclinó ligéramente delante de ella con una reverencia. Abrió el cofre con cuidado.
-No está mal- dijo la señora.
-El corazón de una joven virgen, aún latiente. No es el de él, pero tenemos la certeza de que no volverá a besar a su amada.- Rió por lo bajo.
La sonrisa de la señora se hizo más grande.
-Me encanta- La tendió la bandeja de plata.- Tendrás el honor de hacerlo tú misma.
La pequeña agarró el cuchillo y sin dudarlo un momento, en vez de clavarlo en el órgano se lo clavó a su señora en el estómago, y no pudo articular palabra antes de expirar. Elodie extrajo el arma, la limpió con la capa y se la enganchó en el cinturón. Salió de la sala despacio, tirando descuidadamente al suelo el cofre con el corazón, su corazón.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Acoustic.

Me acerqué al escritorio, apoyando ambos codos en él, y posé la cabeza entre las manos. La ventana estaba empañada. Con un movimiento rápido con la palma limpié el frio cristal y dejé ver el exterior. Los árboles no tenian ni una sola hoja. Esa era la razón de que el suelo estuviera lleno de ellas. Marrones; alguna verde que había podido salvarse, pero sobre todo marrones. El parque de en frente de mi casa estaba a rebosar de niños. Una pareja, sentada en un banco, se hacía carantoñas entre risas. Pegué un golpe en la mesa con la mano y cerré la persiana. Me tumbé en la cama, cubriendome la cabeza con la almohada. Al poco me quedé dormida.
Algo me taladró los oidos. Me desperté derrepente y subí la persiana. Chispeaba. Un camión había derrapado en la esquina, golpeando unos cubos de basura y un buzón. Eso fue lo que me había sobresaltado. Volví a sentarme junto a mi escritorio. Miré el reloj. Solo había dormido media hora. Aún estaba desconcertada. Decidí tratar de despejarme, asique cogí un folio y un boli e intenté escribir No dejaba de pensar en la última conversación.

-Clara, aun eres una niña.
-¿Una niña? Mamá, tengo casi dieciocho años.
-Vale. Pero mientras estés en mi csaa, seguirás mis normas, tengas la edad que tengas.
-Mira, mejor me voy.
-Eso, vete. Que así es como te vas a quedar. ¡Sola!
Sola... en parte no se equivocaba. Miré por la ventana. El parque estaba embarrrado. Apenas paseaba nadie por la calle. El buzón que había sido golpeado por el camión estaba completamente roto y un montón de cartas estaban esparcidas por el suelo. Entre ellas, un sobre rosa lleno de letras azules se ahogaba por culpa de las pequeñas gotas de agua que emborronaban su contenido. Podría ser una carta de amor, pensé. Una maldita y asquerosa carta de amor. Volví a acordarme del tema. La misma idea que llevaba dando vueltas desde hacía ya tres días. Él no me quería y nunca me iba a querer; por mucho que lo intentara, las cosas no iban a cambiar. Tenía que... ¿resignarme? No. No soy así. Siempre tengo lo que quiero. La ventana volvía a empañarse. Dibujé con la llema del dedo la silueta de los edficios que tenía delante. Llovía muchísimo. Cogí la pastilla y me la metí en la boca, tragándomela con un vaso entero de agua. No podía ser. Se me fueron cerrando los ojos. Nunca acepto un no por respuesta. Nunca. Y entonces, me quedé dormida encima de la mesa.

jueves, 28 de octubre de 2010

Darkness.

Negro. Todo negro. ¿Qué hora sería? Miro el reloj. No se ve nada. ¿Y mi móvil? Tanteo en la mesilla de noche y al tercer intento lo encuentro. Aprieto el primer botón que alcanzo. Nada. Sin bateria. Perfecto. Me incorporo en la cama. Intento retirarme, sin éxito, el pelo de la cara. Miro a izquierda y derecha. Ni una brizna de luz. ¿Dónde narices puedo estar? Me llevo la mano a la frente. La cabeza me martillea, como si tuviera un pequeño enanito dentro dando golpes. Entonces todo aparece de repente. La fiesta. Unas copas de más. Las risas en la terraza. El chico moreno, amigo de Nuria. Ese chico. Abro mucho los ojos, a pesar de no poder ver nada. Alargo la mano derecha, en busca de alguién a mi lado. Nada más hacerlo le rozo el brazo. Un escalofrio me recorre la espalda. Sigue ahí. Ese chico ni siquiera me gustaba. Tengo que irme ahora. Me destapo. Noto el frio de la habitación. me doy cuenta de que estoy en ropa interior y suspiro. Me levanto sin hacer mucho ruido y comienzo mi busqueda. Recorro la cama con la palma de la mano. Cuando siento que me estoy acercando a donde él duerme, me doy por vencida. Suspiro de nuevo y me pongo de rodillas. Comienzo a palpar la moqueta a gatas con la mano. Noto algo. Esponjoso. Blando. Debe ser mi jersey. Me lo coloco bajo la axila y sigo gateando. ¿Qué es eso? Duro y liso. ¿Una deportiva? No puede ser mia, yo traje tacones. Sigo con mi busqueda. Algo nuevo. ¿Algodón? Con las llemas de los dedos descubro algo frio, grande y redondo. Botones. Esa debe ser mi camiseta. Me la pongo y me ato el jersey al cuello. Ya estoy casi en la puerta, y aún no he encontrado mis pantalones. Qué bien. Me siento en el suelo, cruzando las piernas para pensar que hacer. Si enciendo la luz le despertaré y tendría que dar explicaciones. El chico se remueve en la cama. Me pongo de pie y al primer paso que doy, me choco con algo y me hago polvo el dedo gordo. Me muerdo la mano para no gritar de rabia y dolor. Caigo en la cuenta de que contra lo que me he chocado es la cama. Algo roza mi pierna. Tanteo. Está sobre las sábanas. El tejido es áspero. Un tacto raro. Me topo con algo frio y redondo de nuevo. ¿Serán mis vaqueros? Desisto y me los pongo directamente. Suben bien. Y abrochan. Es un paso. Noto junto a mi pie las playeras que había encontrado antes y me las pongo. Salgo sin hacer ruido. Recorro la casa rápidamente y abro la puerta. Suspiro. Entro en el ascensor. Al mirarme al espejo, veo que llevo la camiseta al revés. me la cambio y vuelvo a suspirar. Esto me pasa por hacer cosas que no debo.

martes, 26 de octubre de 2010

Respiraciones que queman la piel.

La velada estaba llegando a volverse soporífera. Una cena de familia, era aburrida, pero si le añades a la familia de mi tío podía llegar a ser más largo que un domingo sin pan. Miré hacía la puerta de entrada distraidamente. Una familia de cuatro miembros entraba por la puerta. Tardé una milésima de segundo en darme cuenta de que era su familia y de que el que estaba entrando por la puerta era él. Mi madre, que también le vió me dijo que le fuera a saludar. Me levanté deprisa, me alisé el vestido y fui hacía ellos sonriendo. Nos saludamos educadamente y me presentó a sus padres y a su hermana. Yo sonreia, como siempre. Volví enseguida a mi mesa y vi como a ellos les colocaban en una que estaba vacía. Dió la casualidad de que estabamos sentados frente a frente. Me sonrió con picardia. Hizo un gesto con la cabeza señalando hacía el baño. Sonreí y asentí despacio. Vi como les decía algo a sus padres y se metía por la puerta cercana a mi mesa. Al pasar, me rozó la espalda desnuda con la mano y sentí un escalofrio. Le dije a mi madre que quería ir al baño. Ella, enfrascada en la conversación, me dijo que fuera de forma distraida. Me levanté y me dirigí a él. La puerta estaba entreabierta. Entré silenciosamente. En cuanto hube cerrado la puerta salió de entre las sombras empujandome contra la pared con fuerza. Empezó a besarme descontroladamente. No podiamos parar. A duras penas, nos separamos y abrí la puerta de el baño de chicas. Era pequeño, apenas cabiamos los dos de pie. Cerré el pestillo. Me cogío de las muñecas y me empotró de nuevo contra la pared. Me besó sin control y antes de que pudiera darme cuenta lamía y mordía por todas partes de mi cuerpo. Su boca rozó mi oido y me susurró “quiero follarte”. Yo, totalmente fuera de control y con la respiración entrecortada le contesté “fóllame”. Me subió el vestido y empezó a recorrer rapidamente mis caderas y mis muslos con sus largos dedos. Subió las manos hasta mi pecho y me quitó el sujetador. Me acarició ambos pechos con las manos y me quitó del todo el vestido. Su boca recorrió mi cuello hasta el escote. Empezó a morderme el pecho hasta llegar a los pezones y me lamió toda esa zona. Le agarré de la barbilla para posar otra vez sus labios contra los mios Necesitaba sentir su lengua dentro de mi boca. Despues de morderme el labio de nuevo, me susurró que tenia una idea. Volvió a recorrer todo mi cuerpo con la lengua hasta llegar al ombligo, donde paró para dirigirme una mirada de picardia. Me mordió en la tripa y bajó la boca hasta introducir su lengua entre mis muslos. Yo gemía de placer. Pasé las manos por su espalda, arañandole los hombros. Subió la cabeza de nuevo y volvió a besarme. Esa vez, fui yo quien le empujó contra la pared. Le desabroché el pantalón y el se lo quitó. Me rompió las costuras de la ropa interior y quedé completamente desnuda frente a él. Me sonrió y se desnudó también. Me volvió a empujar y me penetró con fuerza contra la pared. Nuestras respiraciones iban al compás. El me besaba y me mordia mientras me aferraba a su espalda haciendole profundos arañazos. Cuando ambos hubimos acabado, me mordió el labio inferior y se separó de mi. Nos miramos a los ojos y, sin decirnos nada, empezamos a vestirnos. Cuando estuvimos preparados, me arreglé un poco el pelo y le besé. “Nos vemos, nena” dijo mientras me sonreia y salia por la puerta. Suspiré. Idiota.

lunes, 18 de octubre de 2010

Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos

Sentada en una esquina, con su carita redonda, el flequillo tapando practicamente sus ojos y los carrillos llenos de lágrimas. Así me la encontré cuando entré en la habitación. Sostenía entre sus brazos un pequeño osito de peluche, que apretaba con fuerza contra su pecho. Sorbía la nariz de vez en cuando y se le escapaba algún sollozo. Me acerqué lentamente. Si reparó en mi presencia, no dió muestras de ello. Acaricié su cara y levantó la mirada. Me sonrió entre lágrimas. Se pasó la mano por las mejillas y me abrazó. Con mucha fuerza. Como si fuera el último. Yo la sujeté respondiendo con la misma intensidad. Poco a poco sus brazos fueron cediendo y cuando finalmente le hizo efecto el somnífero se desplomó entre mis brazos.

domingo, 29 de agosto de 2010

Blood, please.

Agarró fuertemente el mango del machete. La glock 17 negra que llevaba en la otra mano le pesaba más que nunca. Oyó un ruido a su espalda. Se giró rapidamente y le rebanó el cuello a un tipo con un hacha. El sonido de la motosierra estaba cada vez más cerca. Recorrió los pasillos a paso ligero, mirando a ambos lados. Se agachó, escondiendose tras un muro de ladrillos. Llegó al marco de una puerta con astillas por todas partes y apuntó con la pistola. Disparó y le dió justo en la cabeza. El cuerpo calló fulminado en el suelo y la motosierra siguió rugiendo a su lado. Ella se irguió y sonrió con satisfacción. En una esquina de la sala había un bidón de gasolina que vació encima de la figura ensangrentada. Sacó su zippo y se encendió un ducado. Tomó un par de caladas y lo tiró al charco, que prendió con fuerza. Todo se lleno de fuego y humo negro. Salió despacio, tirando el machete y guardandose la pistola en la liga.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Sweet Caroline.

El sol me daba de lleno en la cara. No podía ver más que su silueta y su vestido, movido por el viento. Se agachó y juntó su cara con la mia. Sonriendo, se retiró un mechón de pelo de la cara y se lo puso detrás de la oreja.
-Rompamos las reglas.
-Vale.- dije callandola con un beso.

viernes, 20 de agosto de 2010

Before I forget.

-Eres de esas que no aguantan las despedidas y lloran como una magdalena. De vez en cuando, te gusta mirarte al espejo y quejarte de vicio. Sabes que después de estar conmigo te ves la chica más preciosa del mundo, por culpa de esa sonrisa de tonta.
-Continua.
-No aguantas ver el sufrimiento de los demás. Adoras los gatos y tienes una debilidad especial por la parte de abajo de las tartas, la de la galleta. Tu comida favorita son los canelones y detestas el marisco. Te gusta el olor a lavanda y pasas la mano por las flores cuando caminas por el campo para conservar su aroma. Siempre te han gustado los chicos malos de las peliculas. En cuanto tienes ocasion, cojes un libro y te marchas a cualquier banco perdido de Madrid para ponerte a leerlo. Las historias de miedo hacen que tu adrenalina se dispare, y eso te encanta, pero por la noche miras hacia la entrada de tu habitación y les pides a tus padres que te dejen las luces del pasillo encendidas. Tienes un miedo terrible a la oscuridad, porque te quedaste encerrada en el ascensor cuando eras pequeña. No sabes dormir sin tu osito de peluche y sin escuchar el sonoro tictac de tu reloj de osos. Cuando eras pequeña, y ya no tan pequeña, tu despertador era una gallina que se paraba si le dabas en la cabeza. Siempre te había hecho gracia, pero nunca tuviste que usarlo hasta que entraste en el instituto y los despertares de tus padres no eran suficientes como para arrancarte de las sabanas.
-¿Alguna cosa más?
-Tu color favorito es el rosa, aunque tienes debilidad por el azul claro y el morado.
-Eso lo sabe todo el mundo.
-Y cuando se te cae una pestaña, encuentras un molinillo o un diente de león, siempre pides el mismo deseo, aunque no se lo has contado a nadie, porque dices que si lo haces, no se cumpliria. Adoras las peliculas empalagosas y quedarte leyendo toda la noche. Eres competitiva y orgullosa. Y cuando pierdes, te enfadas, aunque no te gusta que la gente lo vea. Tienes las mismas arrugas de la risa que tu madre, pero los ojos son de tu abuelo. Te gusta contar, orgullosa, que murió por defender el Madrid republicano de los años trentaymuchos. Pero claro, de politica ni hablemos. Tu cara de indignación es la más graciosa de todas.
-Ya.
-Mirar la luna es una de tus actividades preferidas por la noche. Cuando te escapas de casa, no sueles ir muy lejos. Te sientas en el banco de la esquina a esperar que se te pase el enfado. No aguantas que se te oculten cosas y menos, que te dejen con la miel en los labios.
-Cosa que tu me haces mucho.
-Porque sabes que te encanta que te haga de rabiar.-Sonrió.- ¿Y bien? ¿Es suficiente?
-No.
-Vale. Te gusta ir de chica mala, pero sabes perfectamente que eres más dulce que una tarta de membrillo. Cuando un libro te cansa pierdes el interés y lo dejas a un lado, pero le dices a tu madre que ya lo has leido entero, para que te compre más. Te gusta llevar bolsos pequeños y conjuntables, para que te quepa todo, incluso el paraguas. Odias las botas de cuero, porque te recuerdan a cuando tuviste el accidente con tu caballo. Te gusta pensar mientras vas en el coche, mirando el paisaje. Te encanta cantar a voz en grito, a ser posible, en inglés, porque te gusta como suena tu acento español que va desapareciendo poco a poco. Si no duermes siesta por las tardes, no rindes en el estudio y aunque no lo parezca, te gusta la musica metal más que cualquier otra. Tu pintauñas favorito es el azul claro, aunque todo el mundo piensa que prefieres llevarlas de rosa, porque es tu color. Puedes llegar a ser muy ñoña si te lo propones y eres incapaz de hacer daño a la gente a proposito. Siempre llevas más llaveros que llaves. No te gusta tener que hacerte peinados por las mañanas y no te pintas nunca, porque piensas que estás mejor al natural. Cuando tenías once años te leiste el diccionario entero. El sitio más bonito al que has ido está escondido entre un montón de arboles, en otroño, junto a un monasterio del norte. Solías decirme que querias llevarme allí algún día. No puede pasar un día sin que sonrias. Te encanta el teatro clásico. Es uno de tus vicios, junto a la mitología. Odias que te hagan esperar, pero tu siempre llegas tarde. Apuras al máximo en la cama y no puedes vivir sin la cuidad de la que estás enamorada, Madrid. Por eso lo pasas tan mal en verano.
-¿Cómo sabías lo del diccionario?
-Me lo contó un pajarito.- Se dibujó media sonrisa en su cara.
-Gracias.- Sonrió.
-De nada, pequeña.

miércoles, 11 de agosto de 2010

No es que yo dejara de intentarlo.

En realidad, ella nunca fue mia. Los domingos por la tarde nos veíamos en el banco de siempre, a la hora de siempre. Con su puntualidad inglesa me la encontraba con las piernas cruzadas fumando un cigarrillo. Me decía que yo tenía la culpa de eso, que empezó a fumar porque le recordaba al sabor de mis labios. Yo la decía que no eran más que tonterías y entonces ella me miraba con los ojos entrecerrados, con esas pestañas suyas tan negras. Los viernes se quedaba a dormir a mi casa y follabamos en mi cama. Y en la cocina. Y sobre el escritorio. De vez en cuando, también en el salón. Y luego, por la mañana, en la ducha. Nunca he disfrutado el sexo tanto como lo hice en esa época. Ahora ella no está y yo no puedo dejar de preguntarme que hice mal.

martes, 3 de agosto de 2010

Don't stop believing.

Metió todo lo que iba a necesitar en su maleta con ruedas. Dos pares de pantalones cortos, varias camisetas, la bolsa de aseo, una chaqueta negra, dos pares de converse, un libro y su osito de peluche marrón. Se guardó el cargador del movil y rebuscó en el armario hasta encontrar un pequeño bolso de cuero. Cogió su hucha con forma de Big Ben y sacó todo lo que había. Guardó el monedero, las llaves, el movil y el ipod. Se puso su sudadera gris favorita y salió a la calle. Su casa no estaba lejos de la estación. Cinco minutos más tarde ya se oía el repiqueteo de los trenes al pasar por las vias. Compró un billete barato, sin saber a donde iba y se sentó en un banco vacío en el andén.

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Tenía la mochila preparada desde hacía dos dias, asique solo tuvo que guardarse la cartera y el movil en los bolsillos del pantalón. Abrió la puerta de su habitación muy despacio. Sus padres estaban durmiendo y si los despertaba todo se iría al garete. El taxi que había pedido le estaba esperando en la puerta. Media hora más tarde, se bajó de él en la puerta de la estación de trenes. Pagó al conductor y sacó sus cosas. Miró la lista de salidas y eligió uno al azar. Compró el billete y fue al andén número nueve.

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La noche era mucho más oscura de lo que pensaba, pero se veía la luna en cuarto creciente aparecer entre las nubes. El tren llegó a la estación haciendo ruido y levantado algo de aire. Se puso de pie y se acercó a la puerta más cercana. Un chico apretó el botón antes que ella y la dejó entrar primero. Buscó un sitio apartado. Dejó la maleta a su lado y se colocó en un asiento al lado de la ventana, apoyando los pies en el asiento delantero. Se puso los cascos y empezó a mirar el paisaje tranquilamente. Notó un ruido cerca de ella. El mismo chico que la había abierto la puerta se habia sentado justo enfrente. La miró con una sonrisa.


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El tren no tardó mucho en llegar. Se acerquó a la puerta y dio al botón. Una chica estaba a su lado y la dejó pasar primero. Disfrutó de las vistas del bonito culo que le hacían los vaqueros ajustados mientras subía los dos escalones. Entró en el compartimento de la izquierda y él la siguió. Vio como se sentaba con mal humor. Se colocó justo enfrente. Quizá podría amenizarle el viaje.

-Hola.
Levantó la cabeza para mirarle. Atónita abrió un poco la boca.
-Hola.
-Soy Hector.- La sonrió amablemente.
-Yo Ariel.
-Oh, vaya.- soltó una carcajada.- ¡Como la sirenita!
Ariel resopló y volvió a mirar a la ventana.
-Y, ¿donde vas?

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No iba a aguantar mucho más tiempo a ese chico. Necesitaba estar sola y poder pensar tranquilamente.
-A ningún sitio.

Pretendía que su voz sonara arisca y cortante. Volvió a mirar por la ventana. La luna sonreía desde el cielo. Se habían alejado lo suficiente de la ciudad como para poder sentirse segura. Él seguia mirandola.

-Vale, iré contigo.

Giró la cabeza y le miró a la cara.

-¿Qué?

-Si. Lo que oyes. Iré contigo.
Suspiró.

-Eres desesperante, tío.

Empezó a reirse.

-Me lo dicen siempre, nena.

Puso los ojos en blanco e intentó concentrarse en la música.

*************

Tenía un pelo bonito. Y su sonrisa no se quedaba atrás. Estaba empezando a gustarle demasiado el gesto contrariado de esa chica. Decidió seguir en silencio hasta que se calmaran un poco más las cosas. Se recostó en el asiento y simplemente esperó.

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¿Por qué no? El chico parecía agradable y mejor que estar sola...
-Está bien. ¿Dónde quieres que nos bajemos?
La miró de nuevo con esa sonrisa.

-Veo que has cedido.

-Prefiero viajar con un idiota a viajar sola, qué quieres que te diga.
Soltó una carcajada.
-Está bien. ¿Dos paradas más?

-Vale.

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Dejaron atrás las dos estaciones en silencio. Cuando se acercaban a la siguiente se puso de pie.
-¿Vamos?
Ella asintió con la cabeza.
-Vamos.
Recogieron sus cosas y bajaron. Nadie más había elegido esa parada. La estación estaba desierta. Salieron sin prisas, recorriendo todos los corredores. Cuando llegaron a la puerta se paró para contemplar la calle. Era un pueblo aparentemente tranquilo. Pasearon por un boulevard iluminado por algunas farolas. Sus sombras se proyectaban sobre la acera. Se giró hacía Ariel con una sonrisa.
-¿No tienes sed? Te invito a algo.
-Me parece bien.-Le devolvió la sonrisa.


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Cada vez se le hacía más facil caminar junto a Hector en silencio. Accedió a ir con el a algún bar a tomar una copa. Por lo menos así no iba sola. Llegaron a un pequeño antro (el único que encontraron abierto) y entraron en una sala con las paredes rojas. Había varias mesas ocupadas por fumadores solitarios. Al final de la barra, en un pequeño escenario, una chica cantaba un blues. Se sentaron en una mesa y pidieron dos bebidas. Se la bebió de un trago. El licor se le subió pronto a la cabeza. Hecto empezó a hablar de cosas sin sentido. Ella se reía. Él también. Estaban cada vez más cerca el uno del otro. Pidieron dos vasos más, esta vez, Ariel invitaba. Era divertido poder compartir sonrisas con un estraño.
-Y, ¿porque te fuiste de casa?
Dejó de reir. Suspiró y una sonrisa triste se le dibujó en la cara.
-Problemas. No puedo volver. ¿Y tú?
-Yo... dificil. Discusiones tontas. Un chico. La presion de mis padres. No podía más. Pero creo que debería volver.


*************

Volver. Esa palabra hizo que un escalofrio le recorriera por todo el cuerpo.
-Quédate esta noche.
-¿Donde?
-Conmigo.
Recogieron sus cosas.
-Seguro que encontramos un sitio barato.
-Para.- Ariel le miró.- Ven.
Le agarró de la camiseta y le atrajo hacia ella. Tenian los labios a menos de un centímetro.
-Vamos. Atrévete.
Hector la besó. Fue un beso lento y apasionado. Bajaron la calle de la mano y entraron a un motel.


*************

Abrió los ojos, le dolía la cabeza. Estaba tapada con una manta azul oscuro en una cama que no era la suya. En un momento lo recordó todo. La discusión en casa. El tren. Hector.
-¿Hector?
Se levantó de la cama. Estaba completamente desnuda. Buscó su ropa interior y vio que estaba perfectamente doblada encima de una silla, junto a su camiseta, sus vaqueros y la sudadera. Encima había un sobre. Se vistió y cuando hubo terminado, abrió el sobre. Dentro había un billete de tren de vuelta a casa y en el reverso un post-it.

*************

Se levantó de madrugada, como tenía previsto. Miró a Ariel, que se había dormido desnuda a su lado. La tapó y se vistió. Dejó toda la ropa que iba encontrando bien doblada en una silla. Bajó a la estación y compró dos billetes. Uno para él, con solo media hora de margen y otro para Ariel, para por la tarde, de vuelta a casa. Él iría en dirección contraria. Volvió a entrar en la habitación que habían compartido y dejó el billete dentro de un sobre, sobre su ropa. Sacó de su maleta el bloc de post-it que siempre llevaba encima y cogió prestado un boligrafo de encima de una mesa. Empezó a escribir.

*************

Aquí tienes el billete de vuelta, cortesía de la casa. Vuelve. Sigue como antes. Nadie tendrá en cuenta esta noche. Será nuestro secreto. Gracias por todo lo que me has hecho sentir en unas horas. Gracias por compartirlas conmigo. Te prometo que no dejaré de creer en mi. Te deseo toda la suerte del mundo. Nos vemos.

Hector.

Un secreto. Su secreto. El de los dos. Nunca dejarían de creer.




viernes, 23 de julio de 2010

Lady Peaceful.

Arqueó la espalda y profirió un gemido. El orgasmo le recorió toda la columna vertebral. Resopló por la nariz. Arañó las sabanas azules como si quisiera dejar marca. Volvió a tumbarse por completo. Él se separó de ella, poco a poco. Alzó la cabeza y la miró a los ojos.
-Eres un cabron. Y un gilipollas.
-Seré todo eso, pero sabes que no puedes resistirte a mi.
Volvió a tumbarse a su lado. Le mordió el labio, soltandoselo lentamente y dejó sus labios lo suficientemente cerca como para poder rozarse.
-No, no puedo.

jueves, 17 de junio de 2010

Never fade away.

La música se colaba por los resquicios de los ventanales del estadio. Teloneros y pruebas de sonido. Nada importante. Tenia la entrada en la mano, esperando a que le llegara su turno. Llevaba muchas horas en una cola esperando para conseguir buen sitio. La empujaron por detrás. Un hombre abrió la barrera. Esto es la guerra. Pegó codazos y empujones, agarrando el trozo de papel amarillo como su mayor tesoro. Se colocó delante de una chica vestida de negro, que se quejó al ver que se le habian colado. Pasó la barrera de los hombres de amarillo. Bien. Corrió como no había corrido en su vida para entrar a la pista. Vió luces y mucha, mucha gente. Llegó rápidamente a la valla, se agarró a ella. De ahí no la movía nadie. Quince minutos. Prueba de sonido terminada. El estado se llenó. Se apagaron las luces. Un extraño murmullo llenaba el ambiente. Se encienden las pantallas. La guitarra empieza a sonar. Un foco tras otro van iluminando el estrafalario escenario. Y entonces sale él en medio de todo el humo. Las notas se entrelazan para llegar a sus oidos. Empieza a cantar a pleno pulmón, con ganas de que la oigan todos a su alrededor. Salta y baila como si se le fuera la vida en ello. Sin querer le da un codazo a alguien que sigue el concierto detrás de ella. Se gira.
-Perdona.
-Nada, nada. -Es un chico. La sonrie.- ¿Te llamas..?
-Marina.- Grita con todas sus fuerzas. Casi no se oyen.- ¿Y tú?
-Oscar.- Contesta. La mira con unos preciosos ojos marrones.
Oscar. Marina. Su libro favorito. Sonrie.
-Encantada.

viernes, 11 de junio de 2010

Tremendamente dulce.

Hacía un tiempo asqueroso para ser Junio. Charcos por todas partes. Y mi paraguas en casa. Bien. Miré alrededor para cruzar la calle. Me tocaba comprar el pan. Así podría llevarles unos bollos a mis abuelos. Entré en la panadería. Un hombre mayor situado detrás del mostrador sonrió al verme entrar.
-¡Oh, pero mira quién está aquí! Pero mi niña, que preciosa estás. ¡Y cuanto has crecido! Me acuerdo de cuando venías con tu abuelito a comprar la merienda. ¡Así eras, así!- Puso la mano a medio metro del suelo- Y ahora mirate, toda una mujer. ¿Los estudios bien?
-Si, muy bien gracias- Le devolví la sonrisa con ganas. Ese señor siempre me había caido bien. Era amable con todo el mundo y cuando era pequeña, me regalaba chicles.
-Bueno, bonita. ¿Qué quieres que te ponga hoy?
-Pues, una barra, una bolsa de croisants pequeñitos y una palmerita de chocolate.
El panadero se agachó y empezó a recopilar lo que había pedido en una bolsa de plastico. Miró a ambos lados y, sacando la cabeza de debajo de la encimera gritó:
-¡Jaime, sacame una caja de croisants!
Medio minuto después, un chico alto, de espalda ancha y moreno salía de la trastienda con una enorme caja de bollos. Llevaba puesta una sudadera gris y unos vaqueros descoloridos.
-¿Te acuerdas de Jaime? Soliais jugar juntos en el parque de aquí al lado.
-No, no me acuerdo.- Le pegué todo un repaso de arriba a abajo.- No me acuerdo.
Me sonrió timidamente y volvió a meterse. Mientras su padre me preparaba las cosas me giré para elegir algunas gominolas. Llené un platito entero de fresas, mis favoritas. Las puse sobre el mostrador y sonreí. Vi como Jaime volvia a meterse dentro, después de cuchichear con su padre.
-Pues aquí lo tienes todo, preciosa.- Le di lo que le debía.- Muchas gracias.
-Una cosa... ¿podría darle esto a su hijo de mi parte?-Saqué uno de mis cuadernos y escribí mi direccion de email y mi móvil en un trozo de papel.
-Claro, claro.- Vi como ocultaba una sonrisa.
-Muchísimas gracias por todo.
-Igualmente.
Salí de la tienda. Corrí hacia mi casa, sin remedio. Me empapé en el trayecto. Abrí la puerta y entré. Me quité toda la ropa mojada y en ropa interior fui a la cocina. Abrí la bolsa y cogí las gominolas. Al sacarlas se cayó un papel amarillo. Lo recogí y lo leí. Un número de telefono y un nombre: "Jaime". Sonreí. De repente sonó mi móvil. Un mensaje.

miércoles, 2 de junio de 2010

Un detalle muy generoso por tu parte.

El cielo de Estocolmo estaba gris esa mañana. Gris... perla para ser más exactos. Debería estar estudiando, ¿no?. Bah, otro día. Volvió a centrar su atención en la ventana. Siempre le había gustado esa cuidad. Menos por una cosa. No tenian cerezas.
Dos años antes.
Belinda se acercó el frutero. Apoyó los codos en la encimera de la cocina y le sonrió. Esa sonrisa que tanto le gusta. Alargó la mano y cogió una de las cerezas por el rabo. Se la llevó a los labios y la mordió. Un líquido color granate resbaló por su comisura. Se lo quitó sensualmente con la lengua.
-¿Sabes? Las cerezas son mi fruta favorita.
Él la miró. ¿Entre deseo y curiosidad? Si, esa era la mirada.
-Que pasa, Carlos. ¿No quieres?- Le tendió el bol.
-Quiero otra cosa, y lo sabes.
Rodeó el mueble y se puso a su lado. Podía oler su perfume. Su melena negra le caia por la espalda, lisa y muy oscura. Ella dió un paso hacia atrás.
-¿Qué pretendes?- Le sonrió. Colocó la mano sobre la encimera. A su lado había un filete de ternera crudo puesto sobre una tabla de madera. Junto a él, un enorme cuchillo de carnicero. Acarició el mango.
-Me vas a decir que no te apetece.
-¿El qué? Oh, venga, no te andes con evasivas. Sabes que a mi eso no me gusta.
Se acercó más a ella. Sus labios estaban separados por algunos centimetros. Peligrosamente cerca.
-Quiero follarte, Belinda.- Fue casi un susurro. Ella sonrió. Él la besó con ansia. Ella agarró el cuchillo. Él la atrajo hacia sí poniendole la mano en la espalda. Ella le empujó hacia atrás. Le enseño el cuchillo. Sonrió. Le brillaban los ojos. Una puñalada en el estomago. Sacó el cuchillo ensangrentado. Una puñalada en el hombro. Volvió a sacarlo. Otra en el pecho. Le empujó de nuevo y se desplomó.
-Lo siento, no me apetece.
Se acercó la punta ensangrentada del cuchillo a la lengua. La sangre estaba caliente. Y deliciosa. Cogió un trapo. Limpió todo el acusador líquido rojo de la hoja. Miró al suelo, puso cara de preocupació.
-Ahora mancharás todas las baldosas, idiota.

Si, definitivamente, en Estocolmo lo único que faltan son las cerezas.

lunes, 31 de mayo de 2010

Vespas trucadas.

Iba a casa a toda prisa. Claro, había quedado. Por el camino se colocó la falda del uniforme y se arregló la coleta. Unos chicos sentados en un banco la miraron pasar.
-Tio... ¿has visto que nena?
-Menudos... ojazos.
A pesar de los enormes cascos que la aislaban del mundo exterior escuchó el comentario. Les miró y puso cara de superioridad. Pasó de largo. Sacó las llaves del bolsillo pequeño de la mochila y entró en su portal. Subió al tercero -bien, nadie en casa.- Tiró todas las cosas en el suelo de la habitación, conectó su ipod a los altavoces, puso su canción favorita a todo volumen y se desvistió deprisa, tirando el uniforme encima de la cama. Cantaba a pleno pulmón y se movía al ritmo de la música. Rebuscó en el armario. Un par de vaqueros pitillos muy ajustados, una camiseta blanca de tirantes, su chupa de cuero negra y un par de tacones de aguja del mismo color. Se vistió. Los pantalones la quedaban de vicio. Pegados al culo, menudas caderas le hacian. La delicia de cualquier idiota. Fue al baño, se soltó la coleta y se cepilló la melena rubia. Abrió una pequeña cajita y se puso su piercing -un pequeño aro- en la nariz. Se cardó un poco el pelo, rimel azul, y lista. Se ató una bandana roja al cuello y se metió la camiseta de tirantes por dentro del pantalón. Total. Brutal. Genial. Irresistible. Sonrió a su reflejo en el espejo. Cogió su bolso negro de cuero con cadena. Metió el movil, las llaves, la pistola y el monedero y salió de casa. Su vespa azul estaba aparcada en el garaje. Se montó y salió por la puerta. Cundujo por el centro de la cuidad. El casco se le ceñía ligeramente a las sienes y no la dejaba pensar con claridad. No estaba del todo preparada para eso. Aparcó la vespa cerca del parque. Volvió a ponerse los cascos. Necesitaba aislarse de todo. Se acerco a un banco, al mismo banco que la primera vez. Suspiró. Recuerdos y mas recuerdos. Todo habia cambiado. Ella había cambiado. Se miró a los pies. Su tatuaje del tobillo asomaba entre las tiras de los tacones. Sonrió para sus adentros. Volvió a suspirar. Miró el reloj. Pasaban tres minutos de las seis. Alguien gritó su nombre.
-¡Lina!-se giró.- Llevo media hora llamandote.
Ahí estaba él, esperandola. Con su chupa de cuero llena de cremalleras, subido en la harley negra de su padre. Se puso de pie y se acerco a la moto.
-¡Te la has traido!
-Claro que si. ¿Has visto que belleza?
-Brutal...-dijo acariciando el manillar.
Se sonrieron. Lina subió a la moto, se puso el casco y se agarró a la cintura de Mario.
-Te vas a enterar de lo que es una harley.
Dió gas y salieron a toda máquina, esquivando los coches. Dieron una vuelta por todo el centro de Madrid. Ella iba agarrada a él, con la cabeza apollada en su espalda. Enseguida volvieron al punto de partida, al lado de su vespa aparcada.
-Bueno que, ¿tienes que irte?- la miró suplicante, como si quisiera que se quedase.
-Desgraciadamente, sabes que si.- Sus ojos verdes estaban clavados en los de ella. No podria aguantar mucho esa mirada. Subio a la vespa y encendio el motor. Se coloco el casco y la visera.- Sigueme, anda.
Metio primera y salio del hueco en el que estaba aparcada. Rodeó el parque. Sin prisas, le llevo hasta donde queria. Un callejón oscuro. Paró el motor y dejo la moto a un lado.
-¿Qué se supone que piensas hacer aquí?- Mario la miro con una sonrisa traviesa.
Se bajo de la moto. Lina se acercó y le empujó contra la pared. Buscó su boca, con ansias y le mordio el labio. Tenía una mano apollada en su pecho y con la otra rebuscaba en su bolso. Sacó su nueve milimetros y le encañonó en la sien derecha.
-Lo siento, Mario.
Su rostro de deseo pasó a mostrar un ultimo aliento de pánico. La miró suplicante. Ella respondió con una sonrisa. El disparo sonó en toda la calle. Afortunadamente estaban lo bastante alejados como para no ser descubiertos. El cuerpo de él calló al suelo resbalandose contra la pared. Lina volvió a guardar la pistola en el bolso. Fue hacia la harley, qutó el tapón de la gasolina y dejó que cayera al suelo. Acercó el cadaver de Mario. Se sacó un zippo del bolsillo de la chupa. Prendió la mancha de combustible, que rápidamente empezó a arder. Subió a su vespa, se abrochó el casco y se fue, dejando atrás un terrible olor a goma quemada.

martes, 18 de mayo de 2010

Función de sentimientos.

Los espectadores van llenando poco a poco la sala. “Por favor, desconecten sus teléfonos móviles y vayan ocupando sus asientos, la función comenzará enseguida”. Se hace un silencio sepulcral… Se abre el telón y se encienden los focos. La figura de un mimo puede distinguirse entre las sombras.

-Buenas noches, damas y caballeros. Puedo suponer que estarán aquí para ver algún tipo de monólogo desternillante o una obra teatral que pueda evadirles por un momento de nuestra cruda realidad. Pero déjenme que les defraude por hoy y sobre todo, presten mucha, muchísima atención a la historia que voy a contarles. ¿Conocen África? Un lugar realmente bonito, la verdad. Cuando era joven pase un verano entero allí, yendo de pueblo en pueblo con un solo cometido: conseguir sacarles una sonrisa a unos niños, que pudiera hacer su vida algo menos miserable. En una de las aldeas conocí a Motcho, una chica de no más de doce años con la responsabilidad y madurez de un adulto. Tenía un brillo de ambición en la mirada que nunca dejó de sorprenderme. Ambición por aprender cosas nuevas y poder llegar a ser algo más en la vida. Ambición por conocer lo que no podía ver desde su casa y por salir de su aldea. Se puede decir que yo, con mis diecisiete años recién cumplidos me enamoré del espíritu de esa niña y es que, dándole clases a ella, era yo quien aprendía más de los dos. Le tenía verdadera admiración. Pasábamos juntos horas enteras, leyendo libros, contándonos historias o simplemente, trabajando en silencio. La pobreza y decadencia de la zona en la que vivía solía entristecerme bastante, pero a su lado todo parecía un poco menos malo, distinto, ajeno a la realidad que nos rodeaba. Motcho solía contarme anécdotas de su día a día en el colegio, cuando el trabajo no le impedía ir. Me hablaba de sus compañeros, de sus profesores y de todas las cosas nuevas que aprendía. Siempre hablaba de una amiga suya, que vivía con una familia acomodada, dentro de las posibilidades del país, claro está. Cuando Motcho pasaba hambre siempre me decía: “Ninette come pollo dos veces a la semana. Yo nunca he probado el pollo.” Verla pasar hambre, soledad o tristeza hacia que se me encogiera el corazón. Tres días antes de mí partida de la aldea empecé a preguntarme qué iba a pasar después. Tenía que volver a España, pero algo esencial me retenía: Motcho. Tampoco tuve mucho tiempo más para dudar. Una mañana mientras íbamos a por agua nos encontramos con una disputa entre dos hombres. Algunos más se habían sumado a la discusión defendiendo a una u otra parte. Todo pasó muy rápido. Se empezaron a repartir palos. Yo intenté prevenir a Motcho, pero era demasiado tarde. Estaba en medio de la pelea. Un hombre la empujó sin querer. Motcho cayó al suelo dándose con una piedra en la cabeza. De repente todo quedó en silencio para mí. Me acerqué a su cuerpo inerte y la cogí. Chorreaba sangre. Me desmayé. Lo primero que vi después del incidente fue una sala bien iluminada. Estaba en mi habitación. Me contaron que Motcho había muerto por un traumatismo craneoencefálico grave, y que la habían diagnosticado el virus del VIH. Muy probablemente la habían violado no hacía mucho. No podían hacer nada ya por ella. Salí a la calle sin saber bien para qué. Fui a su cabaña. Su madre lloraba desconsoladamente tendida en el suelo. Iba a acercarme a ella, pero no me atreví. Me di la vuelta y huí como un cobarde. Corrí hasta el único teléfono de la aldea e hice una llamada. Lo único en lo que podía pensar era en ese momento era en ella… Colgué y me volví a mí cabaña, a hacer la maleta. Los días que quedaban hasta mi partida los pasé tumbado en la cama, sin apenas comer ni beber. Solo mi último día salí a la calle para despedirme. Me encontré por el camino a los amigos y conocidos. De repente, noté como alguien me tiraba de la camisa. Me di la vuelta y ahí la vi. Era Salomé, la hermana pequeña de Motcho, su viva imagen. Me sonrió y dijo: “¡Álvaro, Álvaro! ¿Sabes qué? Mamá ha dicho que podremos poner flores bonitas para Motcho. ¡Y además vamos a comer pollo!” Se me llenaron los ojos de lagrimas y la abracé. Al menos los pocos ahorros que tenía en el banco habían servido para algo.- Hay un silencio sepulcral en la sala, se oyen algunos sollozos.- Lo siento, de verdad. Siento haberles amargado la noche, pero esta es la realidad del mundo. Mientras en este planeta haya un niño que sufre, seguirá siendo algo incompleto, imperfecto. Un granito de arena, es lo que puse yo. Pero que les voy a decir a ustedes, no soy más que un pobre mimo. Aunque bien es verdad, que granito a granito se hace una montaña. Ahora es su turno para hacer las cosas bien, o simplemente seguir como están. Yo solo he abierto una puerta, y es decisión suya entrar por ella o no. Muchas gracias a todos.
Nuestro protagonista hace una reverencia. El teatro estalla en aplausos. Se cierra el telón y se apagan los focos.



PD: Perdonad la ñoñería, es un texto que presenté para un concurso del colegio, con tema propuesto :)

martes, 11 de mayo de 2010

El dinero en la bolsa, muñeca.

Sonrió maliciosamente mirando a ninguna parte y se echó el pelo hacia atrás. Se giró rápidamente, agarró la pistola y disparó. Dejó el cuerpo en el suelo, cogió las joyas y se marchó sin prisas. La alarma empezó a sonar de fondo. Ella volvió a sonreir. Empezó a correr, saltó la tapia y se escondió detrás de unos arbustos justo en el momento exacto para que no la viera el coche patrulla de la policia que corría en auxilio de la victima. Sacó las llaves de su moto de la chupa de cuero, cruzó la calle y se subió en ella. Recorrió las carreteras a toda velocidad mientras el viento su agitaba la melena oscura. Llegó a casa, allí estaba él, esperandola sentado en el sofá, cerveza en mano. Al verla entrar se puso de pie y recorrió en grandes zancadas los tres pasos que les separaban. Ella le enseñó la bolsa con el botín. Se sonrieron. La agarró de la cintura acercandola mucho a el. La retiró el pelo y la beso apasionadamente. Le desabrochó la chaqueta de cuero y se separó unos milimetros de ella para contemplar su cuerpo. La cogió en volandas y la llevó a la cama. Se desnudaron y follaron brutalmente. Ella cayó exausta en el lado izquierdo. Alargó la mano hacia la mesilla y agarró su pistola del cajón. Se puso de pie, tapandose el cuerpo desnudo con la sabana blanca apuntó a su cabeza. Le guiñó un ojo. Bam. Se vistió, cogió las joyas y el dinero y salió por la puerta.

martes, 9 de marzo de 2010

Consúmete tus ansias y agonías.

-Te crees una musa, algun tipo de deidad del olimpo, pero necesitas ver lo que te rodea. Más de uno está deseando leerte la cartilla, porque no aguantan más tu arrogancia, tus malos modos ni tu forma de intentar quedar siempre por encima de los demás. ¿Quién te has creido que eres? No puedes pretender seguir viviendo igual que antes, cuado aun tenias oportunidad de triunfar, tu momento pasó y deberias echarte a un lado. Pero no, la señorita superioridad necesita de un buen publico que la aplauda sin parar para poder subsistir. ¿Sabes que te digo? Vete a contarle tus cuentos a otro, porque conmigo tus trucos ya no funcionan.
-Nadie ha dicho que quiera seguir contigo. Sabes perfectamente lo que fuiste para mi, un mero capricho, asique apartate de mi camino, me tapas la luz.

La ira que tenia en el cuerpo le llevó a actuar casi sin pensar. Y la mató. Clavó un cuchillo de carnicero cinco veces en su torso, llenando el escueto bikini de sangre. Limpió el cuchillo con la manga de su abrigo y lo tiró al suelo mientras salía por la puerta trasera del chalet.