sábado, 20 de febrero de 2010

Cinco Veintidóses.

Cinco. El cinco es un número bonito y creo que le despreciamos injustamente. Tenemos a los tres Reyes Magos, los Cuatro Fantasticos, el Duo Dinamico, los siete enanitos... Pero ¿donde se ha metido el cinco? Deberiamos reivindicar al número cinco. Cinco son los dedos que tenemos en una mano. Cinco son los dias lectivos de una semana y el quinto es el viernes, uno de los mejores, junto al sabado. Siempre que quedan cinco minutos para algo nos alegramos, porque es poco tiempo. El pecado capital número cinco es la ira, uno de los más dificiles de combatir. Y cinco son los Veintidós que llevo contigo, haciendome feliz e iluminando todo a tu alrededor con tus bromas y caricias.

Te amo.

lunes, 8 de febrero de 2010

Demasiado simple como para terminar.

Miraba al frente con ojos ausentes. Su pelo iba arreglado convenientemente para la ocasión- ondulado y pegado a la cara, resaltando su tono dorado con unas horquillas- y llevaba el mejor vestido que la habian podido confeccionar con el dinero de su abuela. Por la ventanilla de cristales tintados se podía ver la cuidad activa y recién levantada. El coche se paró en un cruce de calles y miró por la ventana. Junto al pavimento había un chico joven, vestido de una manera humilde y con mirada sonriente. Tenía el pelo oscuro y algunos mechones asomaban por debajo de su gorra de pana. Ella se moría de ganas por bajar e irse con él, lejos, donde nadie más pudiera encontrarlos. Le sonrió, aunque sabía que él no la había visto y el coche continuó su camino. Tras diez minutos de baches y carreteras llenas de pedruscos llegaron al cementerio, donde les esperaba la comitiva funebre. El conductor cerró la puerta detrás de ella y continuó su camino. Sophie miró al cielo, esperando que alguna fuerza mistica le diera las fuerzas que necesitaba, pero no hayó respuesta alguna. Andubo hasta una de las calles, en la que había un pequeño panteon perteneciente a su familia. Muy pocas personas se habian congregado para decir adios al amor de su vida, a su madre y a sus dos hermanas. Ahora era huerfana, solo tenía a sus criados- a todos menos a él- y tendría que aprender a valerselas por si misma desde ese mismo día. El chico que antes había visto desde el coche, se acercó a ella por detrás y posó la mano en su hombro. Se dió la vuelta nada más notar el contacto y le abrazó fuertemente, poniendose a llorar sobre su hombro.
-Lo siento mucho, señorita Sophie.
-No es momento para formalidades Thomas.
-Le echas de menos, ¿no?
-Mucho.
-¿Puedo hacer algo?
-Lo dudo.
-Pero sabes desde siempre lo que yo...
-Tom, por favor, no es el momento.
-¡Lo sé! ¡Se que no es el momento! Pero me da la impresión de que si dejo escapar esta oportunidad no tendré ninguna más. Desde siempre he sentido una especial admiración hacía tí, Sophie, incluso antes de que mi hermano y tu... ya sabes. Necesitaba decirtelo hoy. Mañana a primera hora me voy de la cuidad. Lo siento, de verdad.
Se separó de él intentando mantener la compostura.
-Eres un egoista.
-Yo... solo quiero lo mejor para ti.
-Ya veo, por eso me dejas sola, a mi suerte, ahora que sabes que es cuando más necesito la ayuda de mis amigos.
-¡Ese es el problema, Sophie! Somos amigos, yo no puedo más con esta situación, tengo que irme ahora.
-Pues vete, no quiero volver a saber nada de ti. No vuelvas a hacerme daño, por favor.
-Yo no queria que esto acabara así.
-Una pena. Ahora vete.
-Sophie...
-¡Dejame sola!
Retiró la mano que iba a tenderla y se dio la vuelta con mirada triste y desolada. Sophie entró en el panteon sin mediar más palabra y se sentó en el frio marmol de piedra sin importale lo mucho que se iba a arrugar su único vestido de luto. Horas después su conductor fue a buscarla y le ordenó que se fuera, alegando que quería estar sola. Pasó la noche en vela acurrucada en la tumba de su madre. Cuando el cielo empezaba a clarear la verja de el panteón se abrió ruidosamente. Se despertó y se puso en guardia, por si eran asaltantes. Vió entrar a un chico joven, de su misma edad, con vestimenta humilde, la misma que la última vez que le había visto y sonrió levemente.
-Tu tren ya debe de haberse ido.
-Me da igual.
-¿A qué viene ese cambio?
-Tengo que estar contigo.
La abrazó y Sophie empezó a llorar. Y así vieron al cielo amanecer, acurrucados, sin necesidad de pensar en la nueva vida que se les echaba encima.

domingo, 31 de enero de 2010

Y si...

-Y si... ¿el cielo fuera de color verde?
-¿Verde?
-Si, verde. ¿Por qué no?

-No se. Ya tiene suficientes tonalidades, ¿no crees?

-No creo que nunca sean suficientes.
-Bueno, tu dirás.
-Y si... ¿hubiera gatos de color rosa?
-Claro, ya te gustaría.
-Pues si, me gustaría.
-¿Un gato rosa? Por favor.
-No me digas que no serían adorables.
-No.
-Soso... Veamos. Y si... ¿el viento pudiera verse?
-Pues muy probablemente la gente se asustaría, huiría de el y la vida se haría imposible.
-¿Tienes que sacarle a todo una connotación negativa?
-Yo solo intento ponerte los pies sobre la tierra, nada más.
-Con lo bonito que sería poder ver al viento...
-Bueno, sigue diciendome.
-Y si... ¿te quisiera más de lo que te quiero?
-No creo que eso sea posible.
-Cierto. Por una vez te daré la razón.
-Te quiero mucho.
-Y yo a tí.

lunes, 25 de enero de 2010

Delirios de una lechera, que queria ser princesa.

Quiero escaparme contigo. Y como destino... ¿Qué te parece Muy, Muy Lejano? Nadie nos encontrará allí y podremos vivir como siempre hemos querido. Con nuestros ahorros podriamos comprar un modesto palacio de piedra y vivir en él. Seguro que enseguida nos habituamos al frio marmol de las paredes y escaleras. Me regalarás un gato, ¿verdad? Sabes que mi sueño siempre ha sido tener un pequeño gatito llamado Moliere. Y, ¿qué te parecen un par de caballos y un perro? En las cocheras habrá sitio suficiente para todos, ¿no? De todas formas, ya estoy empezando a desvariar y siempre me acaba pasando como a la lechera en su cuento. En realidad lo único que pido es poder subir a lo más alto de la más alta torre y ver como se pone el sol, mientras tu te me acercas sigilosamente por detrás y me abrazas, susurrandome al oido lo mucho que me quieres y cuanto me necesitas a tu lado.

domingo, 10 de enero de 2010

Experimentando con el corazón.

Coge un papel en blanco y dibuja un corazón grande con rotulador rojo. Arruga el folio hasta que quede hecho una bolita. Luego vuelve a intentar alisarlo. Quedan marcas, como cicatrices, ¿verdad?

viernes, 25 de diciembre de 2009

Mordiscos de sociedad.

Niebla. Una farola es toda la iluminación que sustenta a una pequeña y maloliente calle de Londres. La luna, en cuarto menguante, se oculta levemente entre las densas nubes. Un hombre y una mujer caminan cogidos por la cintura. Su cara es apenas visible por un sombrero de copa. Ella, con una ropa demasiado escueta para el frio que hacía en ese momento, se rie nerviosamente a consecuencia de unas copas de más. Se dirigen hacia un pequeño apartamento que él habita en el que, descuidadamente, guarda algo más que enseres personales. La majestuosidad de la cúpula de la catedral de San Pablo puede ser apreciada entre la niebla y las ligeras gotas de lluvia. En un arrebato de pasión, él la empuja contra la pared mientras la besa. La envuelve en su capa oscura y sonrie haciendole una caricia con la mano. Ella, pensando que ha obtenido el premio gordo, se deja hacer sin abandonar su sonrisa. Sin esperarlo, el hombre saca de dentro de su capa un cuchillo de carnicero y la amenaza con él. La mujer, cambiado su expresion, intenta desasiarse sin éxito. En medio del forcegeo, consigue hacerla un profundo corte en la muñeca derecha, que empieza a sangrar abundantemente. Los gritos de ella pueden oirse a metros de distancia pero nadie acude en su ayuda. Inserta el cuchillo tres veces en su pecho hasta dejar que se caiga en la acera, donde su sangre se esparce lentamente entre las baldosas de piedra. El hombre huye lentamente riendose por lo bajo y sin limpiar el cuchillo, dejando el cuerpo en medio de la bruma.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Luciérnagas de felicidad

-Sinceramente creo, señorita- dijo inclinandose hacia ella- que es peor el remedio que la enfermedad.- Las manos nerviosas de su acompañante se introdujeron en una pequeña maleta de cuero ajado.- Asique, ¿porqué no me pone las cosas fáciles, se toma una cucharadita de este veneno y nos dejamos de tonterias?
Ella sonrió sarcásticamente.
-¿En serio se piensa usted que soy tan estupida? Si hubiera atendido mínimamente a mis delicados movimientos sabria que, dentro de mi guante, tengo este pequeño bote con cierta sustancia y que le maté hace diez minutos.

Los ojos de él se abrieron rápidamente, recorriendo con la mirada primero a la chica y más tarde la taza donde quedaban algunos posos de té. Subitamente, se llevó ambas manos al cuello y sus labios se amorataron. Unos segundos más tarde estaba rígido, tendido en el suelo. Veronica agarró con delicadeza la pequeña campana dorada que habia sobre la mesa de té y llamó a su criado. Éste apareció diligente y, sin mirarla, agarró de la pierna el cadaver y lo llevó hasta la cocina, de la cual llegaba un ligero aroma a caldo en su punto, preparado para verter en él la carne del asado.